Crítica, Revista Hispanoamericana de Filosofía, Volumen 1, número 1, enero 1967
Is Existence Never a Predicate?
[¿Nunca es la existencia un predicado?]
P.F. Strawson
Oxford Universiy

Resumen: En este artículo se discute, en relación a dos clases de usos de oraciones, la doctrina de que la existencia no es un predicado.
Primero se consideran oraciones que contienen nombres singulares, de personajes de ficción o míticos tal como aparecen cuando se narra un cuento o un mito. En cuanto a las oraciones que se refieren a individuos históricos identificándolos definidamente, se asumirá que la existencia de los individuos referidos se presupone en lugar de estar afirmada implícitamente.
Es claro que cuando los nombres de personajes de ficción o míticos se usan para narrar un cuento o un mito, no se refieren a individuos históricos a los que identifican correctamente. Pero los predicados que acompañan a esos nombres pueden ser del mismo tipo de los que se encuentran en enunciados verdaderos o falsos que se refieren a hombres reales. Las oraciones que contienen nombres de personajes de ficción o míticos en una época se analizaron como informaciones verdaderas o falsas de lo que se encuentra en determinados libros. Aparte del hecho de que este análisis no se aplica a las oraciones en que los nombres aparecen por primera vez, el programa no es realista. Tampoco lo es la versión que las considera a todas falsas en razón de que implícitamente afirman existencia. No es realista porque los usos de las oraciones son diferentes a aquellos en los que se enuncian hechos empíricos. Lo que ocurre es que las formas lingüísticas de esos usos están tomadas de aquellas en las que se enuncian hechos y las funciones de éstas están, por así decirlo, reproducidas en los usos en los que se narra un cuento: por ejemplo, el referirse identificando, aunque, claro está, la referencia es a personajes del cuento; las presuposiciones existenciales están gobernadas por la rúbrica implícita —“en el cuento”. No deben, pues, confundirse los usos, y no hay razón para negar que los usos del lenguaje con los que se narra un cuento no tengan su forma propia de referirse identificando.
Sin embargo, al decir ‘Don Quijote es un personaje de ficción’, no usamos ‘Don Quijote’ como en una ficción para referirnos a un personaje de ficción; el que Don Quijote sea un personaje en una historia no es parte de la historia de Don Quijote. Éste es un ejemplo de un conjunto de casos que no parecen poder tratarse en la forma sugerida. De este conjunto, los lógicos han tomado las frases ‘no existió’, ‘no existe’ y ‘existe’, ‘existió’: el Rey Alfredo existió, el Rey Arturo no existió, Bucéfalo existe, Pegaso no existe. Así como de las formas negativas no puede decirse que los nombres están usados como en una ficción para referirse a personajes de ficción, de las afirmativas tampoco puede decirse que los nombres están usados como cuando se refieren a hombres o a caballos. En una ficción, la referencia presupone existencia ficticia; en un discurso fáctico la referencia presupone existencia fáctica. Cuando lo que sigue al nombre, como en los ejemplos, es una afirmación o negación de existencia fáctica, el nombre no se ajusta a ninguna de las dos funciones. Luego: relativamente a una de esas dos funciones del nombre, no podemos interpretar ‘existe’ como un predicado.
Existen dos modelos clásicos para interpretar esas oraciones. El modelo para ‘El Rey Arturo nunca existió’ está dado por una oración como “No existe ningún Rey de Bretaña que siquiera vagamente responda a las descripciones asociadas con el nombre ‘Arturo’ en la leyenda arturiana”. El segundo modelo está dado por: “El concepto ‘Rey Arturo’ no está ejemplificado”. ¿Debemos aceptarlos? A continuación se tratará de ver si podemos encontrar otro modelo que preserve el papel predicativo de ‘existe’ sin que el sujeto se convierta en un término singular que se refiere a un concepto. Las oraciones,

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Todos los  
La mayoría de los  
Muchos  
Algunos tigres(s) mansos(s) gruñe(n)
Unos cuantos  
Ningún  
Cuando menos  


son correctas. Pero si se reemplaza existe(n) por gruñe(n}, el resultado es curioso. Todas, salvo las dos primeras, parecen correctas. Lo cual está relacionado con otra prueba:

  muchos  
  algunos  
(No) Existe(n)   tigre(s) manso(s)
  unos cuantos  
  ningún  


parecen naturales. Mientras que

Existen todos los tigres mansos
Existen la mayoría de tigres mansos

no tienen sentido. La explicación parece ser la siguiente: las oraciones de la primera lista se toman como afirmando, con respecto a los miembros de una clase, la existencia de cuyos miembros se presupone, que todos, la mayoría, algunos, etc., de ellos exhiben una cierta característica. Una clase semejante es una clase presupuesta. Los adjetivos cuantificadores indican, entonces, hasta dónde se está dispuesto a llegar en la adscripción de ciertas características a los miembros de una clase presupuesta. En las oraciones existenciales los adjetivos funcionan en forma diferente: hay una diferencia entre indicar cuál es la parte de los miembros de una clase presupuesta que se está dispuesto a afirmar que poseen una cierta característica e indicar cuál es la cantidad de miembros que se está dispuesto a afirmar que tiene una clase no-presupuesta. A continuación dicha diferencia se ilustra gráficamente, lo cual hace ver cómo la rareza o no-rareza de las oraciones con adjetivos cuantificadores está conectada con la doctrina (l) de que la forma verbal ‘existe’ (o ‘existen’), aun cuando es un predicado gramatical, no lo es en un sentido lógico y (2) de que los sujetos gramaticales de este verbo no son verdaderos sujetos lógicos. De lo cual es posible extraer el siguiente criterio: dados un sujeto y un predicado gramaticales, para que sean sujeto y predicados lógicos es condición necesaria que si el sujeto gramatical admite cualquiera de los adjetivos cuantificadores, entonces debe admitirlos todos.
Se examinan luego algunos contraejemplos. Uno de ellos es el siguiente: alguien entra en un cuarto en el que se discute. Oye mencionar diversos nombres y predicados relacionados con ellos: algunos son de personajes de ficción y los reconoce como tales, otros, en cambio, no los identifica. Al preguntar dónde aparecen, recibe la respuesta siguiente: ‘No aparecen en ninguna parte. La mayoría de la gente de la que hablamos existe en la realidad’. En este ejemplo la clase presupuesta es la de la gente acerca de la cual se habla: y una clase semejante es ontológicamente heterogénea. Al usar ‘existen’, estamos diciendo que la mayoría de los miembros de esta clase heterogénea pertenecen a una de sus subclases. ¿Por qué no decir que ‘existe’ es aquí un auténtico predicado y que también lo sería en un contexto de ficción, legendario, mítico, imaginario, inventado, por un lado, y en uno real, histórico, por otro lado?
Se intenta, luego, aplicar lo anterior a oraciones cuyos sujetos son términos singulares definidos: el Rey Alfredo existió, el Rey Arturo no existió. En estos casos hay que ver a los nombres como identificando, dentro de la clase heterogénea de los monarcas acerca de los cuales hablamos —clase que incluye a los reyes legendarios y a los existentes—, un miembro particular en cada caso: y al predicado como sirviendo para asignarle a ese nombre la subclase apropiada. Así, ‘existe’ aparece como predicado y no como un predicado de un concepto; pero como el predicado de algunos miembros de la clase heterogénea y no de otros. Según este modelo, lo que debe verse como presupuesto por el uso del nombre no es la existencia histórica de un verdadero rey con ciertas características o la existencia en la leyenda de un rey legendario con ciertas características legendarias, sino la existencia-en-la-historia-o-en-la-leyenda de un rey verdadero o legendario con ciertas características verdaderas-o-legendarias.
Pero ¿hay alguna razón para decir que, frente a los otros, este modelo es mejor? En algunos casos tal vez sí, aun cuando sin duda hay situaciones en que el modelo no se aplica. Pero también debemos considerar si en cada caso estamos obligados a oponer los modelos entre sí. Quizá los tomamos con demasiada seriedad y no le prestamos mucha atención a la agradable fluidez del pensar.

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