Crítica, Revista Hispanoamericana de Filosofía, Volumen 1, número 1, enero 1967
On Criteria of Literal Significance
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Alice Ambrose
Smith College

Resumen: En el empirismo lógico se encontraban íntimamente conectados dos programas: la eliminación de la metafísica y la unificación de las ciencias mediante la formulación de un lenguaje en el cual se expresara todo lo inteligible. La eliminación de la metafísica significaba, en efecto, desterrar del lenguaje de la ciencia las oraciones no significativas y esto requería tener una idea de lo que idealmente sería el lenguaje científico.
Wittgenstein suministró una caracterización del significado que permitía distinguir entre el significado de dos clases de enunciados: los enunciados a priori, como los de la lógica, que no pueden ser confirmados ni refutados empíricamente, pero que “nada dicen”, es decir, que no procuran información fáctica, y los enunciados empíricos, con contenido fáctico, cuyo significado es su método de verificación. Los positivistas establecieron por criterio que un enunciado no-a priori es significativo si y sólo si puede ser verificado o falsificado en la experiencia sensible. Los enunciados metafísicos parecían confundir ambas clases de enunciados: parecían afirmar algo fáctico y, a la vez, pretendían demostrarse sin hacer uso de la observación. Los positivistas sostuvieron que esos enunciados eran “en principio” inverificables.
Algunas dificultades obligaron a ampliar el criterio de significatividad así: un enunciado no-a priori es significativo si es capaz, en principio, de ser confirmado, es decir, si puede describirse una evidencia que lo haga probable. Los enunciados metafísicos tampoco en este sentido más amplio aparecen como significativos. Pero podría sostenerse que para saber que un enunciado sea probable es menester saber cuándo podría verificarse concluyentemente; la posibilidad de describir una evidencia que verifique un enunciado como probable descansaría en la evidencia que lo verificara concluyentemente. Popper trató de responder a la dificultad de una verificación concluyente para los enunciados universales con un nuevo criterio: un enunciado es significativo si es falsificable en teoría. Pero según este criterio resultarían sin sentido enunciados existenciales como “existen unicornios”, en cambio la negación de este enunciado sería significativa. Por otra parte, cualquier conjunción de una oración, significativa o no, con una oración significativa sería también significativa.
Para evitar estas dificultades, Ayer propuso otro criterio: S es significativa si, en conjunción con hipótesis subsidiarias, arroja enunciados de observación no derivables sólo de las hipótesis subsidiarias. Por desgracia, este criterio permitiría considerar también como significativas proposiciones metafísicas.
La consecuencia de estas reformulaciones fue renunciar a especificar la significación de un enunciado en términos de su relación con enunciados de observación. Entonces se pensó en la construcción de un lenguaje libre de terminología metafísica, que podríamos llamar “lenguaje empírico”. Puede formularse un nuevo criterio de significatividad: un enunciado no-a priori tiene contenido cognoscitivo si puede traducirse a un enunciado formulable en un lenguaje empírico. Es menester, pues, construir un lenguaje al cual puedan traducirse todos los enunciados del lenguaje natural susceptibles de ser puestos a prueba por los métodos de la ciencia; este lenguaje estaría libre de terminología metafísica. Aquí se hace patente la conexión entre los dos programas del positivismo: la eliminación de la metafísica y la unificación de la ciencia.
La sintaxis de ese lenguaje son las reglas de formación contenidas en un sistema lógico como Principia Mathematica. El vocabulario no lógico regulado por ellas debería consistir en términos observacionales. Mientras en los comienzos de esta doctrina los términos observacionales designaban aparentemente “lo dado”, en un sentido fenomenalista, después se consideró que denotaban características observables de objetos físicos, tomándolos así como “términos de cosas”. Estos dos tipos de lenguaje ofrecen una alternativa.
Al tratar de conectar, mediante inferencias, los enunciados de experiencia con esos enunciados del “lenguaje empírico”, constituidos por términos observacionales, surgen dificultades. El problema de esta traducción varía según que los términos observacionales designen cualidades sensoriales o características de cosas. En el primer caso, el problema está en reducir enunciados sobre cosas a enunciados sobre datos sensoriales; en el segundo, en traducir enunciados de experiencia a enunciados sobre estados físicos o corporales. La elección del primer miembro de la alternativa parece conducir al solipsismo, la del segundo, a una forma de materialismo filosófico; y resulta irónico que los positivistas tengan, así, que rechazar el cargo de asumir esas posiciones metafísicas inverificables.
Cualquier “lenguaje empírico” tiene el propósito de permitir la traducción de los enunciados científicos a enunciados que sólo contengan términos observacionales. Pero no todos los términos de enunciados científicos son traducibles a términos observacionales por simple definición. Tres clases de términos presentan dificultades: términos disposicionales, como “magnético”, términos métricos, como “longitud”, y términos teóricos, como “electrón”. En cada uno de estos casos, el programa reduccionista tropieza con graves problemas.
Por otra parte, se ha criticado al positivismo que su propia posición es metafísica, pues implica un materialismo metafísico. Podría preguntarse si el positivismo no transfiere simplemente la alternativa materialismo-idealismo a un nivel lingüístico. La tesis de que el lenguaje físico es universal y de que todos los enunciados, para poder ser significativos, deben poder reducirse a él, implica considerar cuantitativamente determinables todas las situaciones objetivas y todos los objetos. En particular, todos los enunciados de evidencia sensibles deben poder reducirse a términos físicos; lo que es una propuesta de una forma de materialismo. Pero es un materialismo establecido por un fiat, sin dar un argumento que muestre la equivalencia de un enunciado de experiencia y uno sobre estados corporales.
Si, en cambio, el “lenguaje empírico” se considera constituido por enunciados que contienen términos de datos sensoriales, se plantea el problema de reducir los enunciados de un lenguaje físico a enunciados protocolarios sobre sensaciones, evitando, al mismo tiempo, el solipsismo. En efecto, cada enunciado protocolario se referiría, entonces, a sensaciones propias del observador y no podría verificar un enunciado de la física. Carnap sostuvo que estas dificultades desaparecerán si nos restringimos al modo formal de hablar. Posiblemente pensaba en la posibilidad de encontrar un nexo entre las oraciones del lenguaje físico y las del protocolario. Este nexo fue establecido por Ayer: los enunciados sobre cosas materiales pueden traducirse a enunciados implicativos sobre contenidos sensoriales. “X es una mesa”, por ejemplo, significa “si se cumplen ciertas condiciones específicas, entonces ocurrirá una experiencia sensible”.
A esta tesis pueden hacerse dos críticas. En primer lugar, el fenomenalismo a que conduce es simplemente otra postura filosófica en la que es difícil escapar del idealismo. Neurath y Carnap fueron en esa dirección al proponer una teoría de la verdad como coherencia. Los enunciados sobre cosas no podían ser comparados con objetos sino entre sí. Por otra parte, Schlick notó que ningún enunciado sobre cosas puede ser verificado concluyentemente, pues ningún número finito de enunciados de experiencia implicará un enunciado sobre cosas; en otras palabras: el análisis de un enunciado sobre cosas arrojaría una conjunción infinita de enunciados de experiencia. Bajo estas cuestiones está el problema del solipsismo: ¿Qué nexo puede haber entre enunciados indudables de la experiencia privada y los enunciados dudables sobre cosas? Una segunda crítica es que nunca se ha efectuado una reducción de un enunciado sobre cosas a series de enunciados implicativos sobre contenidos sensoriales. Parece pues que, si se toma como lenguaje básico un lenguaje fenomenalista, fracasa el programa de encontrar un lenguaje común a todas las ciencias.
Los propósitos que debía cumplir ese lenguaje nunca fueron del todo claros, salvo en un aspecto: la eliminación de la metafísica y la teología y la expulsión de su terminología del lenguaje científico. Habría, pues, que determinar si los diferentes criterios de significatividad propuestos alcanzaron ese fin. Parece que caen al lado de la cuestión, pues no establecen cuáles son las condiciones de significatividad efectivas, sino cuáles han de ser por decreto. La conclusión de que los enunciados metafísicos carecen de sentido comete, así, una petitio principii.
Cuando los positivistas establecieron primero que un enunciado es significativo si y sólo si puede ser verificado o falsificado, el sentido de “enunciado” era ambiguo. En el sentido en que se dice de él que es “significativo” o “sin sentido” significa lo mismo que “oración”; en el sentido en que se dice “verificable” o “falsificable” significa lo mismo que “proposición”. Puede decirse de una “oración” que es significativa, pero no que sea verdadera o deducible de otra. Podría reformularse el criterio así: una oración declarativa que no expresa una proposición a priori es significativa si y sólo si la proposición que expresa puede ser verificada o falsificada en la experiencia sensible. Pero este criterio envuelve una contradicción: una oración no puede expresar una proposición y a la vez carecer de sentido. Si tratamos de evitar esta objeción surge otra: que el criterio de significatividad es forjado expresamente para descartar cualquier oración que no exprese una proposición susceptible de ser probada por los sentidos. Sólo elimina esas oraciones por un fiat lingüístico. La misma objeción se aplica al criterio que hace depender la significatividad de una oración de su traducción a un “lenguaje empírico”. Evidentemente ese lenguaje ha sido construido para evitar la formación de oraciones metafísicas.
Si el criterio de significatividad positivista no puede usarse para demostrar que los enunciados metafísicos carecen de sentido, ¿debemos retornar a la situación anterior? No. Por una parte, no se puede asumir que los enunciados metafísicos son significativos sólo porque no se ha mostrado su sin sentido. Por otra, los empiristas lógicos nos suministraron una nueva manera de concebir la naturaleza de las posiciones metafísicas. Los problemas metafísicos pueden verse como problemas lingüísticos. Debemos volver nuestra atención de aparentes cuestiones de ontología a cuestiones sobre el lenguaje. Este cambio de la atención, efectuado por la práctica positivista, da una esperanza de desenmascarar las confusiones producidas por el lenguaje. Las oraciones de la metafísica tal vez no carezcan de sentido, pero su función debe ser enteramente distinta a la que se les adjudicó tradicionalmente: suministrar información sobre el mundo o expresar el análisis de un concepto.

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