Crítica, Revista Hispanoamericana de Filosofía, Volumen 9, número 26, Agosto 1977
The Yellow Book Notes in Relation to The Blue Book
[]
Alice Ambrose
Smith College

Resumen: El llamado Libro Amarillo consta de notas tomadas a intervalos durante el tiempo en que se dictaba el Libro Azul y, por lo tanto, tiene una relación muy estrecha con problemas que en éste se investigan. Como el Libro Azul, refleja el cambio en la concepción de Wittgenstein acerca de la naturaleza de los problemas filosóficos y de su solución. Esta nueva idea, expresada en el Libro Amarillo, es la de que las preguntas filosóficas se refieren a una forma de simbolismo pero se las representa como preguntas acerca de hechos del mundo. La implicación de esto es que el tema propio de la investigación filosófica es el uso lingüístico más bien que los hechos no verbales.
Para ilustrar este concepto, se hace uso del tratamiento que da Wittgenstein a la posición solipsista, según la cual uno no puede saber lo que sucede en las mentes de otros. Tres líneas generales importantes gobiernan su examen del lenguaje que el filósofo emplea para expresar una posición y para argumentar a favor de ella. Éstas son: (1) que los problemas filosóficos no son empíricos; (2) que el filósofo, insatisfecho con el lenguaje corriente, introduce una innovación lingüística aparentando enunciar una cuestión de hecho; (3) que la terminología revisada se encuentra ociosa en el lenguaje cotidiano.
La tesis de que un problema filosófico no es empírico se aplica al argumento del solipsista de que puesto que uno sólo puede saber que otra persona tiene un dolor, teniendo su dolor, lo cual es imposible, uno no puede saber lo que la otra persona está experimentando. La imagen que el argumento crea es la de que uno tiene acceso a los contenidos de la propia mente, pero no a la de alguien más. Lo que se sostiene, que yo no puedo sentir el dolor de otros, sugiere que hay una barrera insuperable. Pero la insuperabilidad es lógica más que empírica. La oración “No puedo sentir su dolor” se utiliza para expresar una verdad necesaria, y no se refiere a una barrera psicológica, una que podríamos tratar de superar.
La caracterización de las proposiciones necesarias como “ocultando una regla gramatical” le es central a la segunda tesis de Wittgenstein de que las palabras de un filósofo no se refieren a experiencias, sino sólo a una forma adoptada de expresión. Puesto que una verdad necesaria está ligada a una convención lingüística, la putativa verdad necesaria del filósofo está ligada a una convención —la que de hecho es una innovación lingüística—. La caracterización de Wittgenstein de las proposiciones necesarias como “reglas de gramática” se encuentra expuesta a las objeciones familiares en contra del convencionalismo. Pero lo que se quiere decir acerca de una expresión filosófica, entendida ahora como la que pretende expresar una verdad lógicamente irrefutable, puede decirse sin aceptar la opinión de que una oración que no mencione palabras es, sin embargo, acerca de palabras. Una explicación dada por Morris Lazerowitz, que impide que confundamos a las proposiciones necesarias con proposiciones verbales, proporciona una explicación de cómo una proposición filosófica está conectada con una convención lingüística. Esto es, que la afirmación de que una oración S dice lo que es necesariamente verdadero es equivalente a una afirmación acerca del uso de las palabras que figuran en S. Por ejemplo, el hecho (empírico) de que la oración “Es imposible que haya un número racional =√2” expresa una necesidad es equivalente al hecho (empírico) de que “número racional =√2” no se usa para describir número alguno. Es importante notar que este hecho verbal acerca de la frase no es lo que la oración expresa. De manera similar, si la oración “Es imposible que dos personas tengan el mismo dolor” se hace para expresar una verdad necesaria, a la frase “tengan el mismo dolor” se le impide que describa la experiencia de dos personas. Aun cuando en español (inglés) ordinario no es impropio decir “Ambos experimentamos lo mismo al escuchar las noticias”, esto sería impropio en el lenguaje revisado del filósofo. Es este punto verbal el objeto de su aseveración, aun cuando él no está consciente de que su objeción se dirige en contra de una convención establecida. La consecuencia de esto es que “tenemos dolores diferentes” pierde su función descriptiva si se impide que “tener el mismo dolor” se aplique a cualquier caso concebible.
La revisión del solipsista se reduce, entonces, a nada. Ni espera el solipsista que el contenido verbal de la opinión de que únicamente yo siento mi dolor, o la opinión que se apoya en esto, que yo no puedo saber lo que otro está sintiendo, se haga operativa en el lenguaje corriente. Su revisión es ociosa. Sostener que yo no puedo saber que otros tienen dolor y que yo sólo sé lo que yo siento, tiene como su correlato verbal que la aplicación de “saber” se restringe a los contenidos de la propia experiencia y pierde cualquier aplicación concebible acerca de las experiencias de otros. Desaparece el contraste usual “cree pero no sabe cuáles son los sentimientos de S” y es engañosa la aplicación amplia que se le da a “cree”. Pues si “sabe” pierde su uso, lo mismo le sucede a su antítesis. Las palabras mediante las cuales el solipsista expresa su posición emplean la distinción entre “sabe” y “cree”, y luego mediante su legislación las pone fuera de uso. Cualquier intento por hacer una reparación lingüística, distinguiendo entre grados de creencia y haciendo que “cree con un alto grado de probabilidad” cumpla con la función de “sabe”, es ocioso por dos razones: si realmente desempeñase el mismo papel, el cambio sería inútil y aún estarían presentes las semillas del mismo descontento escéptico.
(Alice Ambrose)
Palabras clave:

| PDF en inglés (1.68 Mb)